[del capítulo 16]
El viento nocturno que de tierra se había izado, protuberaba en largas ondas de amplitud creciente. Tocaban ya el cielo. Y tocándolo, movieron, concitaron las formación de nubes nocturnas. Preñadas de mar. Empezó, sobre los tejaditos del villorrio, a chispear. También sobre el campanario.
Al salir del edificio sagrado, la novia está radiante en plena noche cuando a uno de los bancos de la plaza monta para ser fotografiada con el afortunado. El afortunado es un joven ojeroso de pelos cortos revueltos, barbilla impoluta y ojos brillantes turbo-jet. Ambos se aman con locura.
Sentado en el borde exterior del pozo, el cochero atroz aplaude la escena y el hecho que la novia no lleve el pelo inamoviblemente esculpido, sino grácilmente suelto, apenas dirigido por estratégicas pinzas, que le permiten ondear como una sub-capa plateada de la noche. El cochero atroz sostiene un cucurucho de papel de estraza del cual va alimentándose. Criadillas y ojos de bovino ñam ñam ñam shuuc shuc.
Su propio pelo le arde por un chorro de luna radiante que se cuela entre las frescas nubes nocturnas justo sobre él y el pozo. La luz lunar asalta con su esplendor los pequeños charcos y el mismo aire de llovizna veraniega que bate al pueblo entero. Años atrás, fue justo aquí, una niña-bruja arrancó los ojos al médico y huyó incendiando el pueblo tras de sí. Eso cuentan.
Como sobre zancos llega el sombrío sonido festivo desde la plaza.
Village at night, Frank Knox Morton Rehn (1890)

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