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Así que sin chaqueta y en mangas de camisa, pero con, por roído que estuviera, un sombrero en el polo alto de su globo cabecero llegó el doctor Pekejwik silbando en el sol de junio a doblar la esquina de calle Cutler donde en la tercera planta del 17 tenía su esquemática vivienda. Viendo sin embargo a distancia que un agente del orden, acompañado por una señorita, y un individuo de aspecto judicial que portaba cartera y sombrero de hongo, se encontraban apostados a la entrada del 17, decidió con gran lucidez que sería bueno demorar un poco la vuelta a casa.
Así que dio media vuelta y ya sin silbar se alejó por Cutler con los aires de un buen compadre que no vive en efecto asediado por las víboras crediticias y ciertos, harto razonables, posibles cargos por estafa, y para el cual la vida es tan limpia como una soleada tarde de junio. En la que deseó haberse podido diluir cuando oyó su nombre bramado desde la temible distancia:
-¡Doctor Pekejwik! ¡Doctor Pekejwik!
Con la pesadumbre de un bribón condenado a saltar por la borda, el doctor se volvió para contemplar los rostros de los hombres que le empujaban a su fatal destino. Sin embargo, no encontró los aspavientos de furia que habría temido, sino más bien una profusión de formales gestos apelativos.
-Soy yo –reconoció. Tenía el doctor una fuerte tendencia natural a la respetabilidad. Si venían a llevarle preso a plena luz del día, pensaba admitirlo con inquebrantable honestidad. -¿En qué podría ayudarles, señores?
El trío se encontraba ya ante él. La muchacha observó por unos instantes el estrafalario rostro del doctor. Bajo la sombra que del ala del sombrero proveía, brillaban sus ojos negros de fisonomía marsupial.
-¿Es usted Franklin Pekejwik, experto en fantasmogénesis, fantasmagoría y espectralidades de diversa índole? –deseó constatar con gran profesionalidad el agente Noon –¿El mismo que estuvo en los papeles recientemente por aquella revuelta de sillas en el Hospital de Londres? –añadió, con objeto de acotar la cuestión.
-Así es, señor.
-Magnífico.
-¿Va a detenerme?
-¿Cómo dice? En absoluto. ¡No! No por ahora al menos. De hecho, ¡lo necesitamos, doctor Pekejwik!
Sin más preámbulos, el corpulento agente del orden relatar lo acontecido en Tinning Manor mientras Franklin ensanchaba las fosas nasales con la intención de aspirar la máxima cantidad de polen tardío primaveral que fueran sus pulmones capaces de alojar. Observaba con atención el rostro del policía parlante y los cuernos de su vertiginoso mostacho alternativamente, pero no le pasó desapercibida la lánguida belleza de la joven muchacha que, apartada a un lado, esperaba y miraba.
-¿Y este caballero es? –preguntó cuando hubo acabado el PC Noon su alarmada, al tiempo que breve, disertación.

-El señor Harness es el doctor forense de Bethnal Green y decretará la muerte de Miss Cotterell si ello, naturalmente, debe ser procedido.


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